El Padre: la gracia y grandeza (Parte 1)

El libro de Isaías me transporta a imaginar a un padre, al cual, le llega su hijo con 7 asignaturas suspensas y a pesar de que lo único que debe hacer es estudiar, él hijo le comenta a su padre, que no tiene tiempo. Es un momento frustrante para el padre que se llena de ira y castiga de manera desmedida a su hijo. Luego, la ira pasa y llega el perdón, la reconciliación, porque lo más importante es el amor, la familia.

Pues esto ciertamente es lo que yo veo en Dios. A partir del capítulo 40 del libro de Isaías, el Señor comienza a consolar, a derramar su gracia y su misericordia sobre su pueblo.

Ese pueblo ciego y sordo, que no volvió a ver y a oír hasta que el Señor lo permitió. El Señor levanto el castigo como nosotros levantamos el castigo a nuestros hijos. Y no quiero comparar ni mucho menos, a nosotros con la majestad de Dios, pero si quiero que nos veamos en nuestra manera de actuar, porque juzgamos a veces al Dios que permite que pasemos por momentos difíciles, creyéndonos más justos que Él.

En el capítulo 43 el Señor se identifica. No es un Dios que recién llega, sino es el Dios de la creación, el Dios que nos conoce porque nos creó, nos formó y ha seguido nuestros pasos.

Él es el Dios omnipotente que nos dice en el versículo 1b: No temas porque yo te redimí, te puse nombre, mío eres tú, es decir, que tenemos título de propiedad, tenemos apellido, tenemos representación. Nuestro representante es Cristo, el hijo de Dios.

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